Latidos de Eternidad

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El disco dorado salió, una vez más, con su calidez.
Vio la cima del monte, suspiró.
La cima por lo general hace referencia al éxito y él lo sabe pero cuesta ir arriba.
Demasiada gente mirando, gritando, algunos con gesto adusto, otros llevan el reflejo de su alma.
Las heridas se multiplican y hasta parecen tener nombre.
Está más cerca de la cima pero el dolor y el cansancio pesan tanto que piensa en no dar un paso más dejándose caer…

La tierra lo sostiene, lo abraza, parece ser el fin pero recuerda unas palabras: Éste es mi Hijo amado…

Fue como oírlas por primera vez.
Al levantar su mirada vio tanta sed de amor que se puso en pie.
Las piernas le temblaban, pero veía tu rostro.
La sangre dibujaba caminos en sus mejillas, pero él veía mi rostro.
Las heridas de su espalda parecían surcos abiertos, pero él susurraba tu nombre, el mío, el de todos.
Cada vez que el infierno azotaba diciéndole que no tenía sentido continuar él pensaba en el futuro.
Y otra vez susurraba algún nombre…
¿Pueden dos maderos tener aroma a salvación y latidos de eternidad?
Sí. Llevando sobre si al hombre que los cargó todo el camino.
¡Padre perdónalos porque no saben lo que hacen!

Saber. Creer saber. Ignorar. Gritar la propia sentencia cuando en realidad el madero era nuestro espejo.
Es mi espejo pero él subió al Gólgota cargando mi cruz, mis culpas, mis miedos, mis necedades vestidas de autosuficiencia, mis justificaciones disfrazadas de falta de perdón. Mis.
Egoísta. Y yo que creí que era justa tu condena y me burlaba… Me burlaba hasta que me vi en tus ojos.

Otra vez el espejo. El madero.

Mi alma pobre, sedienta, en harapos y señalándote-señalándome.
Mi boca se cerró.
Mientras encomendaste al Padre tu espíritu, entendí que siempre supiste cuál era tu puerto.
La cima que te vio morir también sería el éxito porque mientras decías mi nombre, moría mi condena y me dabas vida eterna.
Volví a casa con esa sensación. Esa que hace preguntarme por qué no te escuché antes.
Entonces recordé la vez que te vi abrazando a Lázaro al salir de la tumba… Creí que era un truco.
Insensata.
Y recordé cuando rodeado de tanta gente te dabas vuelta mientras preguntabas quién te había tocado. Había salido poder.
La mirada de esa mujer llena de fe por poco me convence.

Me viste. Sonreíste.
Pero no podía dejar que un simple carpintero leyera mi alma. No podía ser tan fácil.
¿La historia que tantas generaciones habían esperado estaba frente a mí? No podía ser verdad.
Las apariencias engañan y no es que él nos haya engañado.
Quería mostrarnos la realeza que necesitaba nuestra alma y no lo que nuestros ojos querían ver.

Y mientras recordaba todo esto me di cuenta que nunca me ignoraste, que siempre supiste mi nombre y siempre supiste que hoy te buscaría.
Tenía que decirte que ahora mis ojos estaban abiertos.
Esa noche casi no pude dormir.

Indecisión.

¿Qué dirían los que me vieron escupirte, blasfemando y burlándome? ¡Qué dirían!
Decir. Hacer. Diferencias. Ellos podrían decir lo que quisieran pero yo debía hacer algo.

Amanece.

Salí de casa y al cerrar la puerta fue como cerrar el pasado.
Tenía ganas de correr. Caminé.

Estaba cerca.

Mi corazón latía un poco más rápido, ya podía ver el sepulcro.

Tenía sed.

Los soldados que custodiaban el lugar me hacían preguntas.
Pobre mujer, dijeron.
Estoy más cerca. Las manos me sudan. Camino pero mi corazón corre.
De pronto me llama la atención ver la piedra removida entonces decidí entrar.
Frío.
Un escalón. Dos. Tres.

Una flor cae y mis manos tapan mi boca.
Silencio interrumpido por una pregunta. Las preguntas, siempre las preguntas.
¿Por qué buscas entre los muertos al que vive?
Sinceramente esperaba verte inerte pero sonreí. Tomé la flor y salí. Sonreí porque entendí tu sonrisa. Venciste a la muerte.

Y tampoco era un truco.

Saliste de la tumba para volver al Padre y prepararnos un lugar hasta que llegue el instante en que vuelvas a buscarnos.
Mientras te espero, camino en mi mapa y sonrío otra vez porque ese día yo también salí de la tumba.

Autora: Victoria Ansera

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