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Si yo (el Hijo) los libertare, seréis verdaderamente libres… (Jn. 8:36) ¿Habría acaso una libertad “falsa”, “aparente”?

En cierta ocasión un joven estaba aprisionado en su cuarto, sus cuidadores le tenían allí desde hace más de quince años, él nunca supo la razones, y aun cuando perseveraba en preguntarles día tras día cual había sido el delito que había cometido, ellos guardaban silencio, mirándole acusativamente.
Una noche en medio de la madrugada, se despertó sobresaltado, había soñado con su libertad, y se había visto fuera de ese cautiverio, corriendo en prados verdes y frondosos…
Se apresuró a levantarse e intentó nuevamente abrir la puerta, siempre lo había hecho, al comienzo era cada día, luego era una vez a la semana, y así sucesivamente… hasta que su intento había llegado a ser una vez al año…

Pero en esta ocasión el sueño le había sobresaltado más de lo esperado, y él había sentido en su interior que quizás esta vez sí se abriría.

Con su mano en la manilla, contuvo el aliento, y le dio vuelta sigilosamente. Sus ojos no lograban creer lo que estaba sucediendo, la puerta finalmente se abrió, y estaba en medio de la noche al fin saliendo de su habitación.

Caminó, caminó, caminó, entre muchas habitaciones, sin encontrar la puerta de entrada, luego de varias horas, descubrió que no era una casa común, sino más bien una gran mansión. Finalmente llegó a la puerta principal la cual estaba cerrada.

Buscó imperiosamente algo con que abrirla, hasta que luego de muchos intentos decidió quebrar la ventana, la única ventana que no tenía barrotes. Salió de la gran mansión. La brisa nocturna junto con la luna eran sus únicos compañeros… corrió, como jamás antes lo había hecho.

Llegando a un pequeño pueblo vecino, consiguió convencer a un camionero quien le llevo a otro estado lejano.

Han pasado 40 años desde aquella noche, esa extraña noche de libertad.

Él no ha olvidado su prisión. Él no ha olvidado su habitación. Él no ha olvidado aquella gran mansión que le mantuvo cautivo
Hoy es libre, pero no es VERDADERAMENTE libre, porque carga sobre sí, la mochila de su sometimiento, hasta no olvidar, hasta no perdonar, hasta no comprender que eso está allá atrás en el pasado, él no será realmente libre.

No sé cuantas veces has pensado en lo que hay en tu propio corazón, te invito a hacerlo ahora mismo, y a ser sincero contigo mismo… ¿será que allí guardas el peso de una decepción, de una tristeza, de una desilusión?, si te hicieron daño, si te fallaron, si te abandonaron cuando más lo necesitaste… ¿es posible que el recuerdo de esa experiencia aun esté guardado en algún cuarto de tu corazón, ese cuarto secreto que no has querido abrir, que has mantenido oculto ante tus propios ojos…?

Bienvenido a la realidad de millones y millones de seres humanos, que han querido tapar el sol con un dedo y que han dicho que ya no hay nada más por arreglar allí, en el corazón.-

Jesús dijo que Él hacía todas las cosas nuevas.

¿Cuáles cosas?

TODAS.

¿Eso incluye tu corazón? Sí.

Quizás has parchado, has obviado, has negado, has ocultado…

Posiblemente ese peso, ha ocupado un lugar tan “cómodo” en tu corazón que es casi imperceptible ante tus propios ojos… pero déjame recordarte que Jesús dice una vez más: “Yo hago todas las cosas nuevas”

En mi vida, en tu vida, en la vida de tu hermano, de tu padre, de tu abuela, de tu vecino, del chico que se encuentra en Rusia, de la chica que está en Brasil.

 Él hace todas las cosas nuevas en TODO, y en TODOS.

Despojarse es decir: “Ya no soporto ni quiero llevar más sobre mí, el peso de esta situación. Quiero ser verdaderamente libre”

Y Él no te ofrece la mejor cura, ni la mejor operación. Él te dice: “Te daré un corazón nuevo”
“Crea en mi oh Dios un corazón nuevo, y renueva un espíritu recto dentro de mí” – David.
Él hizo la mejor oración. Se hizo susceptible, se reconoció imperfecto, declaró que no soportaba más ese corazón que tenía. Él simplemente quería OTRO.
Dios se lo dio. David fue otro. David fue VERDADERAMENTE libre.
“Me arrodillo humildemente ante Ti,
Reconociendo que sobre mí existe una carga que ya no quiero más.
No sé porqué, ni en qué momento dejé que esto morara en mi interior.
Hoy te pido un nuevo corazón, ya no me conformo con parches, ni cirugías momentáneas.
Hoy quiero gozar de Tu libertad, de la que me ofrece Tu muerte, Tu cruz.
Quiero que Tu muerte cobre sentido en mí, no tan solo otorgándome salvación
Sino dándome la vida en libertad, esa vida en abundancia que me prometes para HOY.
La pido en el nombre de Jesús, la pido creyendo en Tu palabra.
La recibo por fe. Tú completarás la obra en Tu tiempo. Gracias Señor.
En el nombre de Jesucristo. Amén”

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